“Eau de Merckx”, esencia canibalesca

Solo. En su taller. Llantas que impiden adivinar la pared. Eddy se sube a su rodillo. Manos en la parte horizontal del manillar. Equilibrado, frunce el ceño. Esconde su mirada, la del caníbal, peina la cala, la calza y empieza el molinillo. Empecinado, rueda y rueda. Suda, empapa ese mítico maillot apadrinado por Molteni Es el astro de entre los astros.

Dedíquenle tres minutos y pico a este montaje que habla de la grandeza del mejor de los tiempos, de un ciclista a cuyas estadísticas han renunciado las generaciones inmediatas, actuales y venideras.

El deportista total que dirían. Corpulento, fuerte y sobretodo muy ambicioso, tanto que otros que parecieron mejor dotados no dieron nunca su talla. Merckx lo ganó todo, ¿todo?. Todo no, le faltó la centenaria clásica que va de París a Tours, la única que desposee su enorme palmarés.

La diversidad de parajes dibuja su grandeza. Los llanos de San Remo, los adoquinados de Roubaix, las paredes del Giro…. Bajo la lluvia, en los mundiales, atosigado por la nieve, en densos bosques, tras pétreas laderas. El marco variaba, la estampa siempre con él al frente. Poco le importó el lugar, el objetivo era ganar, ganar y ganar. Se dice que embolsó el equivalente de una carrera por semana durante seis años seguidos.

Luego, en la intimidad cuida su ropaje, toma una ducha, recibe los cuidados del masajista. El material lo revisa él. Los detalles de la máquina corren de su cuenta. El dorsal uno le pertenece, entre otros distinguimos a Gimondi, a Fuente y a algún otro Kas. Todos fueron parte de esa generación que tuvo el infortunio, o no, de convivir con él….
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